A María le duele la garganta. A María le duele tanto la garganta
(estoy escribiendo estas palabras y me duele la garganta), le duele
aquí, dentro de la garganta, cuchillos afilados en mi garganta, y abro
la boca, tengo que abrir bien la boca y sacar la lengua todo lo que da
de sí mientras mi garganta emite indescifrables sonidos, ecos de
palabras muertas que en el pasado no pude pronunciar, para calmar este
dolor que es desazón.
Y porque aquellas palabras fueron impronunciables para María,
Marina las dice ahora. Porque Isaías ya no puede escuchar esas palabras
moribundas, Marina se las dice al carnicero los sábados por la mañana
cuando va a hacer la compra, me haces tan feliz al tenerte aquí, se las
dice al taxista, está claro que tenía que encontrarte, a su compañero de
trabajo, deseo (deseo) que te quedes a mi lado, o a quien se le ocurre.
Palabras no destinadas ni al carnicero, ni al taxista ni a mi compañero
de trabajo, ni a quien se me ocurre.
Pero me sigue doliendo la garganta y estas palabras sordas me están ahogando.
Acepto las críticas. Acepto las críticas que me salvan del solispismo de este yo frustrado que sólo sabe expresarse en las palabras sordas que llevo escribiendo en este blog desde hace más de un año.
Estoy intentando decir que acepto las críticas de mi anterior post, tendente a sentimientos y estructuras postadolescentes. Porque es cierto, ¿cuándo empezaré a darme cuenta de que Isaías y María están agotados? ¿y por qué no aprovechar la fuerza que me da este nuevo renacer que estoy viviendo para defenestrar definitivamente a María e Isaías? ¿Por qué me resulta tan difícil aceptar lo que es verdad?
Quizá no ser capaz de aceptar la muerte de Isaías no sea otra cosa que una falsa proyección, un efecto protector ante mi incapacidad a aceptar (asimilar) lo que parece una de las pocas verdades irrefutables en esta vida...
mercoledì 23 maggio 2012
Falsas proyecciones
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