mercoledì 28 dicembre 2011

Su madre no nos gusta

Decía que María quería conocer a su madre. Cierto. María quería conocer a su madre. Pero cuando decía esto nunca llegué a considerar mi propio punto de vista, sólo era capaz de ver el punto de vista de María. Por eso algunos hablan de la necesidad de cambiar el punto de vista, la perspectiva, para resolver lo que parece irresoluble. La perspectiva, pues, puede llegar a ser crucial.

Sí, decía que quería conocer a su madre. Pero entonces no pensaba en la posibilidad de que su madre no me gustara, a mí. Porque, ¿y si hubiera conocido a su madre y resultara que su madre, ella, no me gusta? Porque si su madre, que es quien tiene la culpa, no me gusta, entonces parece que podemos empezar a resolver lo que parecía irresoluble.

sabato 24 dicembre 2011

Hay una mujer leyendo en mi salón


Hay una mujer leyendo en mi salón y viene del pasado. Ya pasé horas mirándola aunque no así sino más oscura, con más secretos. Pasé horas, un rosario de días y de noches mirándola ahí, leyendo, con ese aire de aristocracia francesa sobre la chimenea de Villa Lolita; ahí, a la espalda de Leopoldo, leyendo y yo leyéndola.


Ahora está en mi salón como si el tiempo no fuese más que un nudo, un entramado de momentos que nunca pasan, cuyo hilo estaba oculto pero estaba ahí y un día aparece, se desvela ante tus ojos para demostrar que nada se pierde.

Monti ha adquirido este cuadro de mi pasado, lo ha restaurado y ahora hay una mujer leyendo en mi salón.

La echaba de menos.

sabato 17 dicembre 2011

Some day my prince will come

No es porque fuerte sople el viento esta gélida mañana de invierno murciana, ni porque desde que hace ya unos días encendieran las luces de Navidad un eco antiguo e insondable vuelve a resonar en mi mente. Escuchar esta mañana uno de los más conocidos standard de jazz , interpretado por casi todos los grandes del jazz (desde Miles Davis pasando por Chet Baker, Bill Evans, etc, etc, etc), es  la razón por la que desde hace ya unas horas me invade un incómodo (por insaciable) exceso de romanticismo. Es, pues, por el jazz.



Pienso, pues, es por el jazz. Pero la mayoría de las cosas en esta vida son sólo aparentes, porque todo empieza mucho, mucho antes.



La primera película que mis padres me llevaron a ver al cine fue Blancanieves. Todavía recuerdo la euforia que sentí al ver aquella película y la fascinación infantil que sentía por el personaje de Blancanieves. Y como ya va siendo natural en mí, voy desarrollando una idea y otro hilo discursivo irrumpe en lo que estoy diciendo, porque ahora estoy pensando en Javier Marías y en lo decadente de algunas de sus teorías amorosas, a las que muy a mi pesar me adscribo, cuando afirmo contundentemente, como si de esa verdad dueña fuera, que el primer amor es el que marca toda tu vida sentimental.

Más allá de las conexiones que mi mente pueda hacer entre las teorías decadentes acerca del amor de Javier Marías con el hecho de que Blancanieves fuera mi primera experiencia cinematográfica, o más allá de las similitudes que en mi época adulta pueda encontrar entre la personalidad de Blancanieves y la mía (por lo de los 7 enanitos), digo sí, la culpa de todo la tiene la manzana.

giovedì 8 dicembre 2011

Palabras, nuevas palabras, divinas palabras

Híspido, torva, contristado, abstruso, corita o encella son algunas de las nuevas palabras, divinas palabras, que he aprendido leyendo El Camino de Miguel Delibes.

El Camino de Miguel Delibes era uno de esos libros que se me resistían. Junto a La muerte de Artemio Cruz, El corazón es un cazador solitario o La Naúsea (este dejó de resistírseme este verano), entre otros muchos libros, El camino de Delibes se resistía a mi lectura mientras esperaba su hora en mi biblioteca. Su hora, la hora de El camino, llegó la semana pasada.

Y es cuando estoy leyendo, emocionada, sintiéndome El Mochuelo -porque mientras leía El camino yo, Marina, no era yo; yo era él, el Mochuelo (¡qué fantástico uso del vocativo el que hace Miguel Delibes, qué forma de definir estilo!), cuando voy avanzando en la lectura de esta obra de perfecto ritmo narrativo, vívidas descripciones de la Naturaleza que circunda al Mochuelo, de la Naturaleza que me circunda con palabras, cuando voy pensando, joder, esto es una obra maestra, joder, ¡viva la prosa castellana!.

Y es cuando termino El camino y leo en la contraportada: "una de las obras maestas de la narrativa contemporánea", cuando pienso que no sé si me encanta leer esto porque una de las mejores sensaciones en esta vida es saber que uno tiene razón, o por poder compartir con la mano desconocida pero amiga que ha escrito esas palabras, "una de las obras maestas de la narrativa contemporánea", la exaltación literaria que he tenido leyendo este libro.

Pero más allá de la exaltación literaria que he podido tener leyendo este libro, la pregunta más interesante que me surje, y esta pregunta creo que nos incumbe a todos los que leemos este blog es: ¿por qué motivo siempre fue El camino lectura obligatoria para púberes adolescentes? ¿Cómo aquellos que definían y siguen definiendo el canon de lecturas obligatorias durante la etapa educativa cometen el error de pensar que el lector ideal de este libro pueda ser un adolescente sólo por el hecho de ser una novela protagonizada por un adolescente (pre)? ¡Cuánto reduccionismo! Porque es imposible (nos abstenemos de pensar en adolescentes superdotados) que esta lectura de prolijo vocabulario y sutilísimo humor pueda ser disfrutada por un adolescente como yo en mi época adulta he podido hacerlo. ¿Cuántos lectores se habrán perdido y frustrado al obligar la lectura de este libro durante la adolescencia? Porque, ¿quién me dice a mí que este libro se me estuviera resistiendo tanto tiempo precisamente por la mala experiencia que pude tener al intentar leerlo, sin conseguirlo, durante mi adolescencia?

Pero más allá de todo esto, más allá de la novela perfecta que es El camino y de su lector ideal, que no es un adolescente, termino de escribir este post para comenzar a pensar ya no en esos libros que se me resisten y que me esperan, sino en esas otras cosas que se me resisten y que no me esperan. Debería regalar algunos de esos libros que se me resisten (no pienso volver a intentarlo con La muerte de Artemio Cruz) y olvidarme de esas otras cosas.