mercoledì 30 maggio 2012

Los caracoles son hermafroditas


Aunque por definición no me guste la poesía de la experiencia (¿cuántas veces se me habrá oído decir en el pasado que sólo una poesía hay, y es la de Octavio Paz), se me olvidan mis principios si quien la escribe es Raymond Carver, y, sobre todo, si esa poesía de la experiencia fue escrita como ejercicio o pausa o reflexión de sus cuentos perfectos.

Y digo esto porque desde hace unos días vienen simultáneamente a mi mente una poesía de Raymond Carver que leí hace tiempo y una fotografía de opacos colores en el que la niña Marina está jugando con caracoles.

Juego buscando caracoles después de la lluvia de septiembre en el patio de mi casa y, cuando encuentro uno, me detengo embebida mirando cómo sale el caracol de su cascarón y pensando largamente y despacio en la naturaleza hermafrodita de este animal. Una niña no debería pensar en estas cosas cuando está jugando.

Aquí tenéis la poesía de Raymond Carver de la que hablaba:

Para siempre
A la deriva en una nube de humo,
sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol
hasta el muro de piedra.
Solamente al final me acuclillo, veo
lo que hay que hacer y, de repente,
me adhiero a la piedra húmeda.
Empiezo a mirar lentamente alrededor
y a escuchar, utilizando para ello
mi cuerpo entero como el caracol
utiliza el suyo, relajado, pero alerta.
¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,
¿cómo podré volver a mi
vida anterior? Mantengo los ojos fijos
en las estrellas, les hago señales
con mis antenas. Me sujeto bien
durante horas, descansando sin más.
Más tarde, la pena comienza
a gotear en mi corazón.
Recuerdo que mi padre está muerto,
Y que me voy a ir pronto
de esta ciudad. Para siempre.
Adiós, hijo, dice mi padre.
Casi al amanecer, bajo
y vuelvo errabundo a casa.
Todavía están esperándome,
el espanto aletea en sus rostros
cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.

mercoledì 23 maggio 2012

Falsas proyecciones

A María le duele la garganta. A María le duele tanto la garganta (estoy escribiendo estas palabras y me duele la garganta), le duele aquí, dentro de la garganta, cuchillos afilados en mi garganta, y abro la boca, tengo que abrir bien la boca y sacar la lengua todo lo que da de sí mientras mi garganta emite indescifrables sonidos, ecos de palabras muertas que en el pasado no pude pronunciar, para calmar este dolor que es desazón.


Y porque aquellas palabras fueron impronunciables para María, Marina las dice ahora. Porque Isaías ya no puede escuchar esas palabras moribundas, Marina se las dice al carnicero los sábados por la mañana cuando va a hacer la compra, me haces tan feliz al tenerte aquí, se las dice al taxista, está claro que tenía que encontrarte, a su compañero de trabajo, deseo (deseo) que te quedes a mi lado, o a quien se le ocurre. Palabras no destinadas ni al carnicero, ni al taxista ni a mi compañero de trabajo, ni a quien se me ocurre.


Pero me sigue doliendo la garganta y estas palabras sordas me están ahogando.

Acepto las críticas. Acepto las críticas que me salvan del solispismo de este yo frustrado que sólo sabe expresarse en las palabras sordas que llevo escribiendo en este blog desde hace más de un año.

Estoy intentando decir que acepto las críticas de mi anterior post, tendente a sentimientos y estructuras postadolescentes. Porque es cierto, ¿cuándo empezaré a darme cuenta de que Isaías y María están agotados? ¿y por qué no aprovechar la fuerza que me da este nuevo renacer que estoy viviendo para defenestrar definitivamente a María e Isaías? ¿Por qué me resulta tan difícil aceptar lo que es verdad?

Quizá no ser capaz de aceptar la muerte de Isaías no sea otra cosa que una falsa proyección, un efecto protector ante mi incapacidad a aceptar (asimilar) lo que parece una de las pocas verdades irrefutables en esta vida...

domenica 6 maggio 2012

Palabras moribundas

A María le duele la garganta. A María le duele tanto la garganta (estoy escribiendo estas palabras y me duele la garganta), le duele aquí, dentro de la garganta, cuchillos afilados en mi garganta, y abro la boca, tengo que abrir bien la boca y sacar la lengua todo lo que da de sí mientras mi garganta emite indescifrables sonidos, ecos de palabras muertas que en el pasado no pude pronunciar, para calmar este dolor que es desazón.

Y porque aquellas palabras fueron impronunciables para María, Marina las dice ahora. Porque Isaías ya no puede escuchar esas palabras moribundas, Marina se las dice al carnicero los sábados por la mañana cuando va a hacer la compra, me haces tan feliz al tenerte aquí, se las dice al taxista, está claro que tenía que encontrarte, a su compañero de trabajo, deseo (deseo) que te quedes a mi lado, o a quien se le ocurre. Palabras no destinadas ni al carnicero, ni al taxista ni a mi compañero de trabajo, ni a quien se me ocurre.

Pero me sigue doliendo la garganta y estas palabras sordas me están ahogando.