La semana pasada vi a un hombre de extraordinario parecido a Nacho en el metro. Me gustaría acercarme a él y comprobar si huele como huelen los niños, pensé. Nacho olía como huelen los niños. Pero no lo hice; me limité a observar detenidamente a aquel hombre de parecido extraordinario que leía, como Nacho posiblemente lee cuando viaja en el metro.
Desde entonces miro con inusitada atención a los hombres que pasan a mi lado cuando paseo, a los hombres que se sientan en las terrazas que ya se llenan con la llegada de la primavera. Miro a uno y otro lado y no dejo de encontrarme a hombres de parecido extraordinario a Nacho por la calle.
No, no es a Nacho a quien busco. A pesar de la costumbre de los encuentros, en esta ocasión no lo estoy buscando a él. Ahora solo busco a hombres de parecido extraordinario a Nacho, sin buscarlo a él. Me consuela pensar que podría haber sido cualquiera de ellos, en lugar de él.
Algo similar me pasó cuando X desapareció; una vez, años después de que me dejara (su magnitud era única), pasó a mi lado alguien de extraordinario parecido a él y, acelerado mi corazón, pensé: no es él, aunque si hubiera sido él no lo hubiera reconocido, solo lo habría confundido con alguien de extraordinario parecido.
Me equivocaba. Después he sabido que soy capaz de reconocerlo con solo ver pasar su sombra.
