sabato 27 ottobre 2012

Contradicciones y John Banville

La vida está llena de contradicciones. Yo también estoy llena de contradicciones.

El verano pasado, después de leerme la nouvelle El Mar de John Banville, y después de comentar con mis colegas filólogos lo que para mí eran "faltas gramaticales imperdonables" en la traducción de, había leído, una de las obras mayores de la literatura contemporánea, escribí a la editorial Anagrama mostrando mi indignación ante el hecho de reconocer laísmos y leísmos, entre otros errores, que dificultaban mi lectura. La editorial Anagrama contestó amablemente a mi correo electrónico "lamentando la incomodidad que podría haberme causado este hecho en mi lectura".

Acaba de salir al mercado español la traducción de la nueva novela de John Banville, Antigua Luz. Nada mejor puede ocurrir una mañana de sábado que encontrarte con un artículo en el periódico que habla de prosa pura, de estilo, de la naturaleza del lenguaje, de la literatura con la que más disfruto. Y ninguna otra cosa puede ocurrir que leer acerca de los temas recurrentes en la cosmología del autor (el pasado y el recuerdo), para, en ese instante, recordar cómo en cierto momento de mi lectura de El Mar, de John Banville, al llegar a un bellísimo pasaje en el que el protagonista, como si fuera yo, relataba con sentida viveza una escena en un cine a oscuras que nunca iba a poder olvidar, comencé a llorar inconsolablemente durante horas.

El Mar de John Banville fue uno de los últimos libros que leí.  

venerdì 12 ottobre 2012

Lo juro

Lo juro. Juro que estaba convencida, segura, de que nunca, jamás, las reflexiones en torno al destino volverían a formar parte de mis pensamientos cotidianos. Era un compromiso íntimo que había establecido conmigo misma y así desterrar esa tendencia cursi y sensiblera tan propia de la adolescencia y de la postadolescencia (con lo que damos por hecho que he entrado en la etapa madura de mi vida). La fascinación leyendo Rayuela de Cortázar (y sus cuentos) tiene que ver con ello, por ejemplo.

Como decía, se suponía que las reflexiones en torno al destino, a si lo que nos ocurre es una simple concatenación de casualidades que acaecen fortuitamente ajenas a nuestra voluntad, o lo otro, la causalidad, la causalidad de aquello que nos sucede y que, sentimos, determina nuestro destino. Como decía, este tipo de pensamientos estaban destinados al ostracismo desde un tiempo a esta parte, decidida, como estoy decidida estos últimos meses, a simplemente (de nuevo, la cursiva), existir. A existir y a dejar a un lado reflexiones transcendentales de este tipo.

Sin embargo hoy, con luz de otoño y lluvia anunciada, me he reconocido, de nuevo, pensando en el destino. ¿He elegido yo trabajar donde trabajo ahora?,pensaba, sólo en parte, seguía pensando. No he elegido a mi familia, no he elegido a mis hermanos, ni el lugar donde he nacido, ni mi nacionalidad, ni no pasar hambre, ni mis dotes físicas e intelectuales. Por no elegir, pensaba yo esta mañana, ni siquiera elegí enamorarme de Satán, ni sentir aquel desgarro que hace poco he vuelto a recordar viendo la película "The Deep Blue Sea".

Antes de continuar, para que este texto forme realmente parte de la etapa madura de mi vida en la que me encuentro, he de afirmar rotundamente: era imposible que yo hubiera elegido libremente enamorarme de Satán. 

Y como decía, si yo no he elegido nada de esto, ¿qué está en mi mano elegir? ¿Que es lo que yo puedo elegir? Es entonces cuando he reconocido como una revelación, y como novedad en mi vida, cierta rebelación contra mi destino. Porque, admitámoslo,a pesar de que este tipo de pensamientos parecían muertos, lo cierto, y he de reconocerlo aquí, existen breves instantes, en mi vida al menos, en los que puede llegar a sentirse el destino. Y es en ese sentimiento, alejado de aquellas disyuntivas postadolescentes o formulaciones de preguntas erróneas, donde nace la verdad.