mercoledì 27 giugno 2012

Soledades de esquina

Tengo un amigo que vive en la plaza de Lavapiés.

La primera vez que vi a mi amigo estaba durmiendo sobre la rejilla de la ventilación del metro que encontráis en el centro de la plaza que encontráis entre el quiosco y la zona infantil de juegos. La gente pasaba sin mirar a su lado. Yo hice lo mismo. La gente del barrio debía de estar acostumbrada, pensé.

Así que yo también terminé acostumbrándome a verlo todos los días acostado junto a un cartón de vino sobre la rejilla del metro situada, como decía, entre el quiosco y la zona infantil de juegos. A los niños también les resulta fácil acostumbrarse a estas cosas.

Entonces era invierno y dormía al calor del aire que expulsaba el metro. Ahora que es verano se refugia en la sombra que le proporciona el edificio en el que vivo, situado en la esquina de una de las calles que baja a la plaza de Lavapiés.

Hace unas semanas lo vi escuchando una radio con auricurales. Parecía contento y cómo me alegré de que hubiera encontrado un entretenimiento. Unos días después, lo vi, en la misma esquina de mi casa, arreglando una bicicleta. Quizá mi amigo tenga una pasión que no ha podido desarrollar, pensé, las bicicletas, ser técnico de bicicletas, y me emocioné enormemente por él, porque mi amigo parecía contento, porque pensé que mi amigo podría haber encontrado una pasión que le salvara. Pero al día siguiente, al salir de casa, lo encontré vomitando, vomitando en la misma esquina donde encuentra la sombra del verano en la más profunda soledad, la misma soledad en la que dormía sobre la rejilla... ¿Porque acaso la soledad no es más profunda si esta es una soledad pública, en este caso, una soledad de plaza pública acompañada por los otros borrachos de la plaza y, peor aún, por todas las personas que pasan a su lado indiferentes a su existencia?

Y si hablo aquí de la soledad de mi amigo no sólo estoy pensando en la soledad de las ausencias. Estoy pensando, y es lo que me motiva a buscarlo cada vez que paso por la plaza de Lavapies, estoy pensando en la soledad del ser humano cuando llega el momento de enfrentarte a la mayor miseria, o a la mayor tristeza, o al mayor dolor, o a la mayor pena, que pueda albergar tu corazón. De esa soledad a la que todos nos enfrentamos cuando ha llegado la hora de abandonar esa miseria, tristeza, dolor o pena. O no. Esa búsqueda, o no búsqueda, sólo ocurre en la más íntima e insondable soledad. Por eso la soledad pública de mi amigo de Lavapiés me resulta, en ocasiones, impúdica y obscena.

Siempre he tenido tendencia a tomarme las cosas de una manera demasiado personal.

lunedì 18 giugno 2012

Perdóname

Tomar un café en la calle a las 8 de la mañana antes de entrar a la oficina y ver a un chico de unos 16 años de pie, nervioso, en la acera de enfrente mirando hacia los lados durante un buen rato. Pensar 'tiene un TOC' y quedarte observando para robarle una historia a la vida. A los 15 minutos el chico mira hacia arriba, hacia una de las ventanas del edificio de enfrente, saca una tiza del bolsillo y dibuja un trazo sencillo en el suelo. Ve a la policía y se incorpora rápidamente y vuelve a la acera. Está muy nervioso. Cuando todo se calma vuelve al asfalto. Está escribiendo. Definitivamente está escribiendo. Escribe una sola palabra culminada con un dibujito: una sonrisa y un guiño. "Perdóname". Así empieza un buen día.