giovedì 8 dicembre 2011

Palabras, nuevas palabras, divinas palabras

Híspido, torva, contristado, abstruso, corita o encella son algunas de las nuevas palabras, divinas palabras, que he aprendido leyendo El Camino de Miguel Delibes.

El Camino de Miguel Delibes era uno de esos libros que se me resistían. Junto a La muerte de Artemio Cruz, El corazón es un cazador solitario o La Naúsea (este dejó de resistírseme este verano), entre otros muchos libros, El camino de Delibes se resistía a mi lectura mientras esperaba su hora en mi biblioteca. Su hora, la hora de El camino, llegó la semana pasada.

Y es cuando estoy leyendo, emocionada, sintiéndome El Mochuelo -porque mientras leía El camino yo, Marina, no era yo; yo era él, el Mochuelo (¡qué fantástico uso del vocativo el que hace Miguel Delibes, qué forma de definir estilo!), cuando voy avanzando en la lectura de esta obra de perfecto ritmo narrativo, vívidas descripciones de la Naturaleza que circunda al Mochuelo, de la Naturaleza que me circunda con palabras, cuando voy pensando, joder, esto es una obra maestra, joder, ¡viva la prosa castellana!.

Y es cuando termino El camino y leo en la contraportada: "una de las obras maestas de la narrativa contemporánea", cuando pienso que no sé si me encanta leer esto porque una de las mejores sensaciones en esta vida es saber que uno tiene razón, o por poder compartir con la mano desconocida pero amiga que ha escrito esas palabras, "una de las obras maestas de la narrativa contemporánea", la exaltación literaria que he tenido leyendo este libro.

Pero más allá de la exaltación literaria que he podido tener leyendo este libro, la pregunta más interesante que me surje, y esta pregunta creo que nos incumbe a todos los que leemos este blog es: ¿por qué motivo siempre fue El camino lectura obligatoria para púberes adolescentes? ¿Cómo aquellos que definían y siguen definiendo el canon de lecturas obligatorias durante la etapa educativa cometen el error de pensar que el lector ideal de este libro pueda ser un adolescente sólo por el hecho de ser una novela protagonizada por un adolescente (pre)? ¡Cuánto reduccionismo! Porque es imposible (nos abstenemos de pensar en adolescentes superdotados) que esta lectura de prolijo vocabulario y sutilísimo humor pueda ser disfrutada por un adolescente como yo en mi época adulta he podido hacerlo. ¿Cuántos lectores se habrán perdido y frustrado al obligar la lectura de este libro durante la adolescencia? Porque, ¿quién me dice a mí que este libro se me estuviera resistiendo tanto tiempo precisamente por la mala experiencia que pude tener al intentar leerlo, sin conseguirlo, durante mi adolescencia?

Pero más allá de todo esto, más allá de la novela perfecta que es El camino y de su lector ideal, que no es un adolescente, termino de escribir este post para comenzar a pensar ya no en esos libros que se me resisten y que me esperan, sino en esas otras cosas que se me resisten y que no me esperan. Debería regalar algunos de esos libros que se me resisten (no pienso volver a intentarlo con La muerte de Artemio Cruz) y olvidarme de esas otras cosas.

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