domenica 6 settembre 2015

Libros que hablan de mí

Am Strand. Así tradujo al alemán la novelle de Ian McEwan Chesil Beach la editorial suiza Diógenes cuando la publicó el año 2008. Efectiva estrategia de marketing para el mercado de lectores alemán. Quién no va a desear comprar en los gélidos y oscuros inviernos de Alemania, Austria o Suiza un libro titulado "En la playa". Que la historia no transcurra en una playa soleada del Mediterráneo o del Caribe, sino en una playa del sur de Inglaterra no resulta relevante si de una técnica de mercadotecnia se trata.


Vuelvo a leer este verano esta novela que tanto me fascinó cuando la leí el año 2011. Recordar tantas cosas que ocurrieron aquel año por querer olvidarlo, qué paradojas. Leer en una tarde de domingo de aquel año Chesil Beach  y recorrer los pasillos de mi casa entusiasmada porque acababa de leer una novela corta (novelle) perfecta. La muerte de Ivan Illich. Crónica de una muerte anunciada. Nocturno de Chile. Y Chesil Beach. E Ian, ¡Ian! ¿cómo coño lo has hecho? ¿cómo has conseguido meterte en el pellejo y en la mente femenina con tanta precisión? ¡Ian! ¡Ian! ¡Ian!

Cuatro años después releo Chesil BeachAm Strand en un parque de Berlín. Cómo me gustaba tumbarme en la hierba cuando llegaba el verano y vivía en este país, leer lentamente, posar el libro sobre mi regazo un rato después, cerrar los ojos, la luz que transpasa mis párpados, y ese sueño breve que llega escuchando el suave movimiento de la brisa de verano meciendo las hojas de los altos y frondosos árboles que me dan cobijo.

Releo el libro y descubro nuevas sutilezas en la narración que me entusiasman todavía más. Sutilezas que me acompañan varios días después -grandezas de las obras maestras- y avivan mis reflexiones sobre mí misma y mi pasado durante el resto del verano. Y quiero hablar con Ana, mi terapeuta de Madrid. Echo de menos hablar de libros con Ana. De los libros. Hablar de los libros para hablar de mí. Tienes razón Ana, no solo le regalé este libro a Nacho porque su lectura, como definición de novela perfecta, es el mejor ejercicio de escritura que puedes imaginarte, porque intuyo que escribe y quiero acompañarle. Y porque lee a Ray Loriga, joder. Se lo regalé porque habla de una parte cifrada de mí que un escritor setentón, y hombre, que vive en un país extraño donde se habla una lengua distinta a la mía, ha sabido describirme mejor de lo que yo jamás habría podido hacer.

Solo que, Ana, indagando este verano en estas sutilezas de esta obra maestra que me lee, me he dado cuenta de que no es a Nacho a quien tenía que haberle regalado Chesil Beach. La bruma que caía sobre aquella playa de cantos rodados todavía no se ha desvanecido como para poder regalarle este libro a quien tengo que regalárselo. Regalarle Chesil Beach, y, después, pedirle perdón.


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