giovedì 23 luglio 2015

Suprimir

Y aquí me tienes de nuevo, escribiendo sobre Nacho. Empiezo a escribir sobre la ensordecedora miríada de gorriones que cantaba al amanecer la última noche que dormí con él. Aquella cantata procedente de un árbol solitario y escuálido de una calle estrecha y oscura de Lavapiés resultaba de lo más insólita.

Suprimir.

Empiezo a escribir para pensar por qué en la duermevela del deseo a su lado, en su cama, cuando aquella insólita turba de gorriones nos despertó, comencé a cantar invariablemente una canción que mi madre me cantaba cuando era pequeña al canon de mi deseo que ascendía. Mi madre cantaba mucho cuando éramos pequeños. Y quizá Cristina Rosenvinge tenga razón y en sus brazos debería sentirme una niña pequeña.

Suprimir.

Todo esto que quiero escribir podría estar lleno de magia y de poesía. Pero, parafraseándome a mí misma, para que haya magia, y poesía, necesito al otro. Y el otro no está ahí. Suprimir.

Nessun commento:

Posta un commento