He vuelto a jugar a la bonoloto. A la bonoloto, a la quiniela, al euromillón, a la primitiva y otros juegos de azar. Mis disculpas, ha sido irremediable.
He vuelto a jugar a a la bonoloto (y todo lo demás) porque es lo único que me consuela cuando nuevos encuentros hacen que vuelva a tambalearse todo lo que llevo intentando deconstruir estos últimos años: la sublimación de los encuentros, la exaltación de las esquinas, la pseudocreencia fantástica (y vacua) en el amor magnético, en el amor magnético del que nos hablaba Breton y que leíamos en su novela Nadja (después lo leeríamos en Rayela, ya sabéis, y serviría, como ya he contado antes aquí, para llenar horas de sesiones terapeúticas; pero esto es otra cuestión).
Así pues, ante lo que parece la impredicibilidad de los encuentros, volver a jugar a la bonoloto (y a todo lo demás) parece que es lo único que tiene sentido ahora: entregarme al azar, a las probabilidades matemáticas, a las combinaciones aleatorias de números que no me dicen nada.
Todo lo demás se queda en una pregunta sin respuesta:
sabato 11 maggio 2013
La bonoloto
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